Petra y Carina

PETRA Y CARINA – Comedia dramática

Dos mujeres se encuentran y se enamoran. Petra es una rica y concienzuda empresaria y Carina una emocional cantante de escaso éxito. Sus diferencias de temperamento y clase social, y los distintos caminos que tomarán sus vidas van minando la relación. Se quieren, se odian, se traicionan, se apoyan, se insultan, se dejan y se echan de menos. La obra desarticula la oposición entre amor y desamor, compromiso y ruptura, invitándonos a pensar qué lugar ocupan las parejas que un día fueron “para siempre” y hoy no lo son, ¿o sí?

HORARIOS: evento finalizado

Dirección: Sandra Dominique
Dramaturgia: Mar Gómez Glez
Reparto: Paula Foncea / Fabia Castro
Escenografía: Sandra Dominique
Bases musicales: Jorge Ramírez-Escudero
Producción: La Moderna
Diseño de luces: José Muñoz

Esta obra es extrapolable a cualquier persona que haya estado en pareja. Abundan las referencias al romanticismo en la sociedad, pero se habla poco de la serialidad a la que más o menos nos invita el amor. Por lo visto existe un amor maravilloso que se puede disfrutar sin la mezcla intensa de la pasión y lo bello con el sufrimiento. No es el caso de Petra y Carina. Los modelos culturales dominantes nos llevan a tener relaciones que pueden partir de la posesividad de ese romanticismo. Muchos de estos vínculos terminan por convertirse en experiencias dolorosas, en donde damos rienda suelta a nuestras peores características como la dependencia o la manipulación.

Duración: 75 min

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4 comentarios

  • Jaime D. Álvarez dice:

    Conocí el otro día junto con mi amigo Arturo a dos tías jóvenes, inquietas, guapas y modernas (bueno, lo que se dice modernas, no sé, no sé…). Paso a contarles algunas cosas sobre ellas, que eran la mar de majas, aunque se montaban unos malos rollos que pa qué.
    La representación de PETRA Y CARINA duró, tras el breve y chispeante prolegómeno de las actrices con el público, exactamente 66 minutos, y mucha acción se concentró en tan poco tiempo: he aquí su primer acierto. La salita de los Luchana era de lujo y una mirada rápida al escenario era suficiente para que te molase: había pocas cosas pero expresivas (una, como el saco de boxeo, muy teatrera, la verdad).
    ¡Las transparencias me funcionaron! (Raras veces me sucede en un montaje…). Enseñaban poco y decolorado, pero contaban algo… de tintes inquietantes y origen ambiguo, para mayor empaque: ¿eran elucubraciones mentales de las dos chicas?, ¿un registro de las cámaras que la hipercontroladora Petra tenía por doquier? Pero, sobre todo, contribuían al ritmo de la representación. Y el gran triunfo de la función (da la impresión que entendiendo muy bien el libreto) era, precisamente, su logradísimo ritmo.
    Las escenas se suceden y los tiempos se entremezclan en cadencia rápida (con adecuados «parones intimistas», no obstante), realzando el caos amoroso contado; en la misma línea, los recursos escénicos, concentrados en el modo en que varía desde dónde nos hablan las actrices en cada momento, imprimen un discurrir variado a la historia y alcanzan altas cotas de viveza. Las iluminación contribuye a ello de forma muy obvia y efectiva, y la abundantísima y variada música (desde el piano que toca Petra al principio, y que luego volverá a sonar con unas notas arrebatadamente románticas, hasta las canciones de género chico) irradia una alegría que le va muy bien a una obra que tira a amarga. Puro ritmo, en fin, y sabia acumulación de emociones a modo de arquetípica montaña rusa. (Interrogado mi amigo, Arturo -que es músico- sobre la banda sonora, me confirmó que era estupenda).
    Las actrices son más que solventes y su marcado contraste (que empieza por sus físicos) es el adecuado. A reseñar el gran trabajo de Carina con su preciosos ojos, y la fragilidad en que se desarbola la supuestamente segura Petra.
    El texto incrusta reflexiones de cierta densidad de modo muy natural en unos diálogos brillantes, muy sueltos y, como me decía Arturo, «modernos y excelentemente escritos». La combinación diálogos entre Petra y Carina, monólogos mirando al tendido -que a veces se dialoguizan sobre la marcha en despiporrantes flash blacks muy teatrales-, o son la respuesta a voces espectrales de relaciones pasadas a las que las jóvenes replican con desdén, sinceridad o ironía, se combinan estupendamente. Se va tejiendo, de ese modo, un «laberinto de pasiones» la mar de atractivo, donde la necesidad de empatía que las dos mujeres piden a gritos al respetable no puede ser sino atendida. Las distorsiones del micro del primer parlamento de Carina (que luego aparecen en alguna otra oportunidad) enfatizan la sensación de quiebra.
    Muy interesante me pareció lo marcadamente convencional de los roles que una y otra asumen más allá de lo que realmente querrían (hombre dominante/ chica inestable), y lo consabido de los jardines por donde se meten, en los que sucede esa cosa tan irritante y típica (de las que hasta yo, peso a mi vida mayormente monjil, guardo ingratos recuerdos) en la que algo banal deviene ineluctablemente en bronca. Los pasos de las trifulcas a las reconciliaciones son verosímiles y están bien concebidos y dosificados.
    Si uno lo piensa, su relación está más presa tópicos vetustos (creo que es Petra quien en un momento dado se queja amargamente de ello, aludiendo a Dante y Beatrize y a DESAYUNO CON DIAMANTES -obviamente a la divertida y traicionera versión hollywoodiense de Blake Edwards, que hizo potar a Capote-), que determinada por el entorno tecnológico amenazante que las envuelve, y es mucho más universal que alternativa (aunque Carina acuse a Petra de anhelar lo contrario).
    Que un matón de manila concentre las tensiones de la pareja sustancia una fabulosa idea (muy propia de la autora de la obra, Mar Gómez), y el tira y afloja con el mismo de Petra y Carina hacia el final tiene algo de mágico y absurdo.
    La ocurrencia de la máquina que mide el amor es cómica, aunque termina teniendo un peso melancólico en el balance que se hace al final. La construcción verbal de cómo describe Petra el modo en el que funciona tal artilugio es brillante. Me extrañó que Mar Gómez no saque después más comicidad de ese filón, pero acaso, al hacerlo, se hubiese pasado de jocosa.
    Es muy llamativo como gran parte de las escenas se pueden modular más hacia lo humorístico o hacia lo dramático, decantándose este montaje más bien por un término medio. Dio mucho que pensar a mis abstruso calabacín cómo serían posibles otras tonalidades en el montaje del mismo texto, empezando por cambios en la edad de las chicas (Petra podría tener 15 años más), sus físicos más duros (la mera presencia de Petra podría ser feroz, y la de Carina mucho más barriobajera) o en el modo de soltar los diálogos (cabe, por ejemplo, restarles o sumarles humor y ternura… o decir algunos de ellos con más hiriente sarcasmo).
    La sala tenía entre media entrada y dos tercios, y el único motivo chirriante (que incluso he llegado a pensar que pertenecía al propio montaje, pero me da que no) eran tres fotógrafos obsesos que había en primera fila con armatostes chirriantes y armaban un ruidazo que, en los momentos más intimistas, era molesto. Arturo me hizo reparar en ellos en un momento en que yo estaba demasiado abstraído como para coscarme, lo cual no fue una buena decisión por su parte… aunque supo disuadirme sin problemas de que les lanzase una de mis botas.
    En fin, que me lo pasé pipa y cumplí el imperativo de disfrutar como enano cuando voy al teatro. Gracias y enhorabuena a todos los responsables.

  • Dora dice:

    La obra está bastante bien, especialmente por la interpretación de las actrices: Fabia Castro está muy convincente y natural, interpreta y canta también, y lo hace muy bien. Paula Foncea es una actriz carismática a pesar de su juventud, rotunda en el papel de Petra, y en esta obra no solo actúa, también interpreta al piano una parte de sonata nº 8 de Beethoven (Patética). Ambas actrices son bastante versátiles a la hora de combinar la música, el canto y la interpretación, despiden energía y hacen que el espectador esté atento a una historia, que quizá hubiera precisado de algún giro para romper la carga de reproches mutuos a cargo de unos personajes con una relación conflictiva. En general es una obra grata, a disfrutar en una tarde de primavera en Madrid.

  • Puy de Barcelona dice:

    Una obra interesante. Me llamó la atención la cercanía de los personajes con el espectador, incluso al principio se dirigen a él para implicarlo en lo que es el tema de la obra. El tándem Foncea-Castro está muy bien, y aunque me parecen dos actrices algo jovenes para encarnar los problemas que se quieren plantear en la escena, sin embargo, se meten bien en los personajes y los llegan a hacer creíbles.

  • Lorenzo dice:

    Estuvimos el viernes pasado viendo Petra y Carina. Nos gustó mucho la interpretación de estas actrices. A Fabia Castro ya la habíamos visto anteriormente y no defrauda. Estupenda actriz. De Paula Foncea coincidimos en resaltar el temperamento en escena de una actriz joven y brillante. En esta obra actúa y toca el piano (nos sorprendió con Beethoven). También Fabia encarna a la perfección el papel de Carina, y canta, y lo hace muy bien. Salimos satisfechos de una obra que es algo compleja en cuanto a lo que quiere mostrar, un conflicto de pareja en el que salen a relucir los demonios interiores. Más interesante si cabe que se rompa el habitual esquema hombre/mujer para trasladar el conflicto a una pareja de dos mujeres. Muy recomendable.

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